top of page

El niño y una promesa

  • Foto del escritor: Guillermo Furlong
    Guillermo Furlong
  • 5 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 7 abr 2025


"Te he visto en frente, valiente, sonriente

Te quiero tanto."

— Kevin Kaarl


Durante años pensé en la idea del “niño interior” como una farsa. Una indulgencia romántica que los adultos nos concedíamos para explicar, con cierto aire de ternura edulcorada, nuestras facturas emocionales. Una excusa disfrazada de psicología pop frente a un mundo que es —y que sigue siendo— duro, implacable, sin pausas.


No pude haber estado más equivocado.


Buscar, encontrar y abrazar al niño que fui ha sido, paradójicamente, el acto más adulto y valiente de mi vida. Porque es ahí, en ese encuentro, donde se abre la única puerta real hacia la sanación. Una puerta angosta, llena de dolor y ternura a partes iguales.


Freud nunca habló del “niño interior” como lo entendemos hoy, pero sí dedicó su vida a mostrarnos que el niño que fuimos nunca se va del todo. Habita en lo más profundo de nuestra psique, donde arrastra lo que no pudo decir, lo que no entendió, lo que no se atrevieron a explicarle. Él intuía —con la claridad de quien inaugura el mapa de lo invisible— que la infancia no es un lugar al que se regresa con nostalgia, sino una casa que nunca dejamos completamente.


Mi camino de regreso fue guiado por la voz atenta y cálida de Juan, mi psicólogo. Y en ese viaje hacia dentro, terminé en un lugar que creía olvidado: debajo de un árbol, el mismo donde alguna vez jugué escarbando la tierra con la esperanza de encontrar huesos de dinosaurio. Ahí estaba él.


Lo reconocí de inmediato. El mismo cabello, las mismas orejas, pero sobre todo… los ojos. Esos ojos tristes que, sigo llevando conmigo.




Mi primer instinto fue abrazarlo y en el abrazo descargar aquello que solo él y yo conocemos, pero Juan me pidió que verbalizara y le dijera lo que alguna vez tanto necesitó escuchar. Lo hice. Y él respondió con un mensaje que aún resuena en lo más hondo de mí. Algo que prefiero guardarlo en silencio. No porque sea secreto, sino porque aún lo estoy comprendiendo.


Gracias a este encuentro puedo reconocer que la mejor forma de llevarlo conmigo no es desde el juicio ni desde la carga. Es no renunciando a su imaginación. Es seguir interpretando el mundo con su mirada, esa que aún cree en lo extraordinario, que se permite el asombro, que convierte lo cotidiano en una historia por contar. Mirar, sentir, escribir, flmar… todo eso ahora forma parte del pacto con él.


No escribo esto para ofrecer fórmulas de superación ni para abonar a la moda del autoanálisis superficial. No creo en los slogans disfrazados de terapia ni en las frases vacías, mucho menos en el uso desmedido de términos psicológicos. Escribo como un acto de honestidad. Como una invitación.


Si estás leyendo esto, ojalá no escatimes en buscar ayuda profesional. No porque te falte algo, sino porque mereces encontrarte.


Inicio este blog. No es un proyecto ambicioso, ni una carta de presentación; es una válvula de escape, una hemeroteca cariñosa de historias, recuerdos  y pequeñas luces que no puedo —ni quiero— darme el lujo de olvidar. Escribo de nuevo porque le hice una promesa al niño que fui, y que aún soy: esta vez seré más valiente, más leal, y más bueno conmigo.


 
 
 

1 comentario


alma.glez.ricardo
08 abr 2025

Gracias por compartir, un texto que llega hasta el núcleo de las células .

Me gusta
bottom of page