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La televisión con VHS

  • Foto del escritor: Guillermo Furlong
    Guillermo Furlong
  • 3 ene
  • 3 Min. de lectura

—¿Quién dijo eso? ¿Gary Cooper? ¿James Stewart?

¿Henry Fonda?

—No, Totó. Eso no lo dijo nadie. Eso lo digo yo. 

La vida no es como la has visto en el cine.

Cinema Paradiso — Giuseppe Tornatore


El cine llegó a mi vida en forma de una televisión pequeña Samsung, con entrada para VHS integrada, que un día apareció en casa como un regalo inesperado. Un par de amigos coreanos de mi papá la llevaron sin saber que, para mi hermano y para mí, ese objeto terminaría siendo una puerta. En esa pantalla vimos una y otra vez las mismas películas. Repetíamos las escenas que nos divertían, las que nos sorprendían.


Vengo de una familia de clase media: nunca faltó nada, del mismo modo en que nunca sobró absolutamente nada.


Mi mamá decidió siempre mirar dos pasos adelante. Donde otras familias de nuestro entorno destinaban recursos para ciertos "lujos", ella eligió invertirlos en educación y en todo tipo de actividades extraescolares —de las que, por cierto, fracasé en prácticamente todas—. A eso se suma que jamás escatimó en llenarnos de libros de cuentos infantiles, mismos que hoy mi hermano Eddie y yo intentamos conseguir de nuevo.


Mi papá, por su parte, solía llevarnos muchas películas. Nunca olvidaré el día que nos llevó El regreso del Jedi ni la emoción que sentí cuando nos contó de qué iba la película antes de ponerla. Las historias de mi papá juegan un papel fundamental en todo esto. Le fue dada una memoria privilegiada, lo que lo convierte en el mejor contador de historias que conozco. Los personajes y aventuras de su vida —especialmente de su infancia— llenaron los huecos que deja una niñez más limitada en cuanto a aventuras de calle, pero no por eso menos rica en imaginación. Y es que no fuimos jamás una familia de fines de semana fuera de casa; de alguna manera llenamos eso jugando en el área verde con nuestros amigos y, en casa, refugiándonos en películas, historias y libros de cuentos infantiles.


Ese fue mi primer contacto con el cine. Las historias que veíamos en esa televisión la mayoría de las veces no se quedaban ahí: las llevábamos después a los juguetes. Seguíamos una línea muy parecida a la de las películas —no exagero si digo que vimos Batman Regresa cientos de veces—. Para mí era muy importante respetar el orden natural de la historia, una en la que no cabían dos Batman, razón por la cual Eddie siempre aceptó, de forma muy noble, ser Robin.



Con el tiempo, el cine se convirtió en un acompañante más distante. De alguna manera, la llegada de nuestra primera computadora vino a sustituir la atención de aquella televisión. Sin embargo, el cine jamás dejó de ser una ventana para imaginar. No fue sino hasta la preparatoria cuando todo tomó forma. Un maestro de contabilidad decidió cambiar una clase por una película y nos puso Cinema Paradiso. Aquella fue la primera vez que sentí que las historias que había almacenado por años podían materializarse. El imaginario pueblo de Giancaldo, de Giuseppe Tornatore, me sacudió de tal forma que decidí que quería hacer cine.


Pero, como suele pasar en mi vida, el miedo apareció. Cuando llegó la hora de inscribirme a la carrera temí no estar a la altura, no pasar las pruebas del DIS y ver ese sueño romperse antes siquiera de intentarlo. La forma en que supe protegerlo fue escondiéndolo: guardándolo bajo la cama, lejos de la mirada ajena, intacto. Elegí no exponerlo para no perderlo. Decidí entonces estudiar política porque sentí que ahí podía encontrar una herramienta para entender mejor el mundo, y acerté. Me formé, aprendí, encontré sentido. Pero nunca me alejé del sueño del cine. Permaneció conmigo, silencioso, esperando.


Con los años entendí que ese sueño no se había ido, solo había cambiado de forma. Las campañas políticas y los spots me devolvieron al lenguaje de las imágenes, al ritmo, a la emoción condensada. Ahí confirmé que el cine sigue siendo el lugar desde donde quiero contar. Entendí que no se trata de abandonar todo lo anterior, sino de integrar cada etapa, cada aprendizaje, cada historia acumulada.


En marzo filmo mi primer cortometraje, Cazador de Lunas. No lo vivo como un punto de llegada, sino como un inicio tardío pero honesto. Por primera vez siento que no estoy posponiendo lo que soy, que las riendas de mi vida avanzan en la misma dirección que mis deseos.


No sé a dónde me lleve este camino. Sé, eso sí, que nace de la memoria, de la infancia, de las historias que me formaron y de las que heredé. Sueño con hacer un largometraje, con dirigir algún día junto a mi hermano, con seguir contando desde el asombro y no desde la prisa. Aspiro, sobre todo, a hacer el cine que ese par de niños pondría una y otra vez en su pequeña televisión con VHS incluido.

 
 
 

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